Cuatro décadas transcurridas desde que asesinaron a Ernesto Guevara en la selva boliviana. Al Che, suele decirse, se lo reivindica como al Comandante que cayó en combate. Por eso se lo recuerda el día ocho de octubre y no el nueve. En fin, cuarenta años. Los oportunistas que ayer lo condenaron hoy lo levantan acríticamente como bandera. De lo que se trata, digo, es de hacer hoy un rescate de ciertas aristas, tanto de su pensamiento como de su práctica. La clave tal vez sea leer la praxis guevariana desde la perspectiva de la izquierda autónoma actual. La nueva-nueva izquierda, como la ha denominado Miguel Mazzeo.
El foco —no el de la guerrilla, sino el del cristal con el que se escriben estas líneas— está puesto en la relación entre literatura y política. Tomando como punto de partida las reflexiones que el escritor y crítico argentino, Ricardo Piglia, realizó sobre Guevara en su libro El último lector. Asimismo, el Che, la literatura, pueden ayudarnos a entender y definir cuestiones más amplias. De pensar las posibilidades para gestar un proyecto de cambio social, con vocación revolucionaria, basado en la autonomía y la construcción de poder popular. El de una nueva izquierda. La izquierda por venir.
1. La pluma y la espada"Nunca dejé de buscar la armonía de la pluma y de la espada"
Yukio Mishima
Ernesto Guevara, rastros de lectura es el cuarto capítulo de El último lector. Hay dos cuestiones de ese texto que me interesa rescatar. Una, el recorrido del Che en la experiencia del leer y el escribir. Otra, la tesis que Piglia sostiene acerca de la tensión existente entre lectura y vida práctica.
"Ese nudo, el de un hombre que lee, persiste desde el principio hasta el fin", remarca Piglia. Veamos por qué. Debido a su asma, Ernesto aprendió a leer y escribir en su casa, en compañía y guiado por su madre, no en un colegio, junto a otros niños y su maestra. Su hermano Roberto recordará años mas tarde que Ernestito solía encerrarse en el baño para leer. Estamos ante la presencia de un lector voraz desde niño. El 21 de enero de 1947 –Guevara tiene entonces 19 años— en una de las primeras cartas conocidas, escribe a su padre: "Tengo doscientos de sueldo y casa, de modo que mis gastos son en comer y comprar libros con que distraerme". Son sólo dos ejemplos tempranos. Pero que grafican una actitud que persiste.
Año 1956. Otro contexto. Guevara es un hombre. Ya lo han apodado Che. Forma parte del reducido grupo de guerrilleros que desembarcan con el Granma en Cuba. Está herido y cree que va a morir. ¿En qué piensa? Recuerda un relato que ha leído. También Julio Cortázar ha llamado la atención sobre este punto. Piensa en un cuento de Jack London, “Hacer un fuego”. No por casualidad León Trotsky, en Literatura y Revolución, se refirió a ese autor como alguien a quien "no le interesan tanto sus héroes como el destino de la humanidad". En ese texto, el protagonista se encuentra apoyado en el tronco de un árbol; y se dispone a terminar su vida con dignidad. "Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido", narra Guevara en Pasajes de la guerra revolucionaria (“Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida”. Ernesto “Che” Guevara en La sierra y el llano, La Habana, 1961. Epígrafe del cuento “Reunión” de Julio Cortázar.)
Años mas tarde, al despedirse de sus padres, les escribe: "Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo". Nuevamente la cita literaria. Esta vez, el Don Quijote de Cervantes. "La vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en una ficción", insiste Piglia.
La voracidad por la lectura es algo que persiste en Guevara, decíamos. Tanto en el campo de batalla como en las tareas de construcción cotidiana del socialismo en Cuba. Tareas que, por cierto, lo consumen, lo agotan, sin dejarle tiempo, a veces, para sostener una dinámica biológica mínima: comer, dormir... y sin embargo, la literatura perdura.
En la selva boliviana, por ejemplo, Guevara tampoco abandona la literatura. Muy por el contrario: será su gran compañera de viaje. "Tiempo antes se había hecho una pequeña biblioteca, escondida en una gruta, al lado de las reservas de víveres y del puesto emisor", recordará Régis Debray sobre aquellos días. Ya detenido en Ñacahuazu, sin fuerzas, sin zapatos, entre lo que queda de su pantalón, Guevara tiene un cinto. En su costado derecho, colgando de él, un portafolios de cuero. Adentro, sus libros, y su diario de campaña.
Piglia insistirá en que el camino del Che es el de quien intenta unir el arte con la vida. "Escribir lo que se vive. Experiencia vivida y escritura inmediata". Se refiere a los diarios y las cartas, tan frecuentes en el comandante. Cita como ejemplo una de las tantas que escribe a sus padres, con motivo de una de las tantas despedidas. "Una voluntad que he pulido con la delectación de artista sostendrá unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados". Suena parecido a aquello que, años mas tarde, Michel Foucault denominará la construcción de la propia vida como una obra de arte. Foucault, a su vez, se hará eco de las palabras pronunciadas por Nietzsche un siglo antes: "Es el arte, y no la moral, el que se declara como auténtica actividad metafísica del hombre... la existencia del mundo sólo está justificada como fenómeno estético" escribirá en El nacimiento de la tragedia. La vida sólo es posible y digna de ser vivida mediante las artes, tal la enseñanza del pensador alemán.
En el caso de Guevara, ir a la vida para volver y exhibirla. "Solo los libros y la vida", escribe Piglia. Una vida que nada tiene que ver con la del circuito clásico en el que se suele mover el escritor. Y que tampoco es comparable a la del viajero o el turista. Es interesante la observación que hace el autor de Respiración artificial: "El sujeto se construye en el viaje; viaja para transformarse en otro".
Vayamos ahora, entonces, a su tesis central. Pongámosla un poco en cuestión. Decía que Piglia sostiene que entre la lectura y la vida práctica se manifiesta una tensión. Y pone un ejemplo que la grafica claramente: la exigencia de movilidad como principio substancial de la guerrilla y el estacionamiento, la pausa que implica la lectura. "Esta oposición se hace todavía más visible si pensamos en la figura sedentaria del lector en contraste con la del guerrillero que marcha. La movilidad constante frente a la lectura como punto fijo en Guevara".
Piglia habla de la lectura como metáfora de la tensión entre la vida social, política y lo propio, lo privado. En Guevara, la experiencia de la lectura emergiendo como un lastre del pasado, una adicción: "mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura". Experiencia que lo aleja de los otros (esa foto en Bolivia, en la que está subido a un árbol, leyendo, es una imagen de eso). La primera emboscada que sufre el grupo guerrillero en Ñacahuazu, sorprende al Che recostado en una hamaca, leyendo. "Hay una tensión entre el acto de leer y la acción política. Cierta oposición implícita entre lectura y decisión, entre lectura y vida práctica", remata Piglia. Sin embargo, el libro se transforma en algo tan importante como su inhalador para el asma. Ambos marcan su ritmo, su cotidianeidad.
Tal vez nuestra apuesta sea la de pensar a la lectura y la escritura desde otro lugar. No como lastre. Tampoco como vicio, entendido en sentido negativo. La literatura como alimento espiritual. Como religión profana, quizá, acompañando al planteo de Lionel Gossman: “La lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal.”
Es cierto que la lectura implica cierta pausa, cierto reposo. Pero: ¿quién toma una decisión importante sin antes pensarla un poco? Y, ese acto de meditación, ¿no implica también una pausa? Además, tenemos al acto de la lectura también incorporado como parte de la acción cotidiana. ¿O no leemos gran parte de nuestros libros mientras viajamos, hacemos la cola para realizar un trámite o comemos algo a las apuradas? Son maneras de leer diferentes de las habituales, pero que son cada vez más las formas de leer que encontramos. Sobre todo en las grandes ciudades.
2. No todos los gatos son pardos"Hoy su cara está en todas las remeras, es un muerto que no para de nacer"
Bersuit Vergarabat, en Murguita del sur
Si hay algo que remarcar hoy de la izquierda por venir, es su carácter plural, su vocación múltiple y abierta. Como nos recuerdan los zapatistas: "... Por si los hombres y las mujeres se olvidan que muchos son los colores y los pensamientos, y que el mundo será alegre si todos los colores y todos los pensamientos tienen su lugar".
La militancia autónoma, generacionalmente ubicada en el mundo pos-caída del muro de Berlín, supo y sabe conjugar elementos antaño antagónicos. Se permite leer a Leopoldo Lugones y a Roberto Arlt; a Rodolfo Walsh, Francisco "Paco" Urondo, Haroldo Conti, Juan Gelman o Leopoldo Marechal, pero también a Manuel Puig, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges.
Una generación que se identifica con las historias breves del Nuevo Cine Argentino, pero que se vislumbra con el descubrimiento del Nuevo Cine Asiático. Lo propio y lo lejano. Lo pretérito y lo actual. Perrone y Kim-ki-duc. Favio y Antonioni. Pino Solanas y Wong-Kar-Wai...
Una militancia que puede combinar al "Roby" Santucho con John W. Cooke. La estrella federal y la de cinco puntas. Evita y el Che. Montoneros y el PRT. La resistencia peronista y Trotsky. Por supuesto, puede escuchar a Silvio Rodriguez, pero también se permite a Babasónicos. Intoxicados y Viglietti. Larralde y Hermética. Calamaro y Pugliese. Que transforma las canciones cantadas en recitales de La Renga en consignas políticas; y viceversa. Permítaseme, estimado lector, hacer un rodeo anecdótico, personal, pero que creo vale para terminar de ilustrar esta seguidilla de ejemplos.
Cuando conocí a Darío Santillán, allá por el año 1998, ambos éramos fervorosos escuchas de Hermética, la agrupación de heavy metal encabezada por Ricardo Iorio. Sin embargo, el intercambio de novedades musicales no vino de parte de los conjuntos inscriptos en el rock-duro. Él me hizo escuchar a Los Redondos. Yo, al tanguero Cuarteto Cedrón.
De alguna manera, esto es posible en una militancia que no concibe la vida como una homogénea máquina de producción de ideas y conductas “P.C" (NOTA: “Políticamente Correctas"). Y en esto, en contraposición a Guevara, no ve la vida en la guerrilla (o el Partido u Orga) como ejemplo puro de la construcción de una nueva subjetividad. Por el contrario, la nueva izquierda concibe que esa producción se da en la cotidianeidad, no ya de la vanguardia, sino de las instancias que los propios hombres y mujeres que bregan por otra vida construyen. Así sean movimientos sociales (antaño subestimados por no ser capaces de generar una conciencia que exceda los límites de lo sindical, según señaló el "Pelado" Lenín).
Es decir, una izquierda que ve la vida en la vida, con su multiplicidad de contradicciones, dificultades y problemas diarios que ello implica. En medio de la mierda, de la sociedad del espectáculo que todo lo cosifica. Conviviendo con Tinelli y Gran Hermano. Con la invasión de mensajes de sms y la proliferación de propaganda por Internet.
Valga otra disculpa que nos traslade a otra anécdota. En más de una oportunidad me ha tocado compartir una noche con amigos "no-militantes" y sus amigos, militantes de algún partido de la izquierda tradicional. No sin cierta culpa, estos muchachos se "descontrolaban", pero a espaldas del partido. Claro: la "vida seria" y el "compromiso" pasan por un lado; la diversión por otro. La izquierda autónoma —que valga sólo como ejemplo— no ejerce "sanciones" para aquellos "desviados" en el comportamiento partidario (en este caso orgánico a otro tipo de estructuración, se entiende).
Regresemos, de todos modos, al Che. A la posible recuperación de aspectos guevaristas por parte de las organizaciones inscriptas en la nueva izquierda autónoma. Decimos posible recuperación, porque hoy, evidentemente, sólo podemos rescatar para nosotros una parcialidad del comportamiento y las ideas del Comandante.
"La izquierda por venir concibe al campo popular como un bloque histórico... cuya fuerza y capacidad para la transformación social proviene de la autonomía", escribe Miguel Mazzeo en El sueño de una cosa, introducción al Poder Popular. Afirma, además, que "la reivindicación de la autonomía, por su parte, obliga a pensar la construcción política en términos de articulación... concebida como estrategia. Se parte así de una certeza: ningún sector puede reivindicar hoy la capacidad de funcionar como centro o ‘foco’ (real o potencial) exclusivo". Como vemos, no es precisamente la idea del foco irradiador de conciencia lo que más nos seduce de Guevara.
De lo que se trata, entonces, no es de "volver al Che", sino de traerlo ante nosotros. Y no para idolatrarlo. Está bien que algún adolescente se enfurezca con sus padres o profesores y se compre una remera del Che. O que los muchachos y las chicas rockeros lo estampen en sus banderas para llevar a los recitales. O que alguno se deje la barba para seducir a una compañera de estudios. O que una chica se pegue un parche en la mochila para llamar la atención del "zurdito" simpático más cercano. Pero de ahí a transformarlo en fetiche por la militancia hay una distancia grande.
Porque en la cultura rock (aclaro los tantos antes de generar un malentendido) rebelde y contestaria en algunos casos, supone un rechazo, una impugnación del capitalismo por otros medios. Es decir, no los de la lucha política, la organización popular. Pero sí desde la reivindicación de la solidaridad, del trato entre pares. De la batalla contra el aislamiento y el individualismo promovida por la ideología sistémica.
Juntarse en la esquina. En la plaza. En los videos. Ir a un recital y luego al bar. O viceversa. El rechazo a la moda. A los valores convencionales vigentes decretados como "correctos". Los borceguíes en los punks. La campera de cuero negra. Las zapatillas blancas de lona, con negros pantalones ajustados en los heavys. Las rastas en los reggaes. La cresta o el pelo largo. Los ejemplos son muchos. Y en Guevara también. Sus borceguíes abiertos, desabrochados cuando era ministro, uno. Sus pantalones con un broche de colgar la ropa, otro. Dos imágenes de quien se resiste a aceptar las normas. De un revolucionario en quien, también, persiste la rebeldía.
Entonces, repitamos: traer al Che a nosotros. Y criticarlo. Decirle: —Comandante, nos parece que estaba pifiado en esto y aquello. Sin embargo, que maravilla su frase. ¡Cuantos jóvenes en el mundo se hicieron eco de eso de que el presente es de lucha y que el futuro es nuestro! ¿Habrán leído a Arlt? Porque fue el querido Roberto quien exclamó rabiosamente El futuro es nuestro. Claro, nuestro loco de los lanzallamas hizo hincapié en la prepotencia de trabajo. Y usted, Comandante, en la potencia de la pelea. En la disposición de los pueblos para dar una batalla que los arranque de su situación de explotación.
En fin, más allá de haber nacido en Argentina, tenían en común la pasión por la literatura. Y se situaron del mismo lado de la barricada: junto a los humillados y ofendidos. No importa los medios, ambos desearon la redención terrenal de la humanidad.
3. Al mismo tiempo"La literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es”
Ricardo Piglia, en Formas breves
“Se sienta a la mesa y escribe: con estos versos no tomarás el poder, dice/ con estos versos no harás la revolución, dice/ ni con miles de versos harás la Revolución..."
Juan Gelman, en Confianzas
Parece que nuestro poeta dio en el clavo del asunto. Sospecho que este poema puede servirnos para ilustrar la siguiente idea: el fundamento de la poesía es una no-necesidad-de-fundamentos. Veamos el texto completo, porque no tiene desperdicio.
"Se sienta a la mesa y escribe: «con este poema no tomarás el poder» dice/«con estos versos no harás la Revolución» dice/«ni con miles de versos harás la Revolución» dice/y más: esos versos no han de servirle para/que peones maestros hacheros vivan mejor/coman mejor o él mismo coma viva mejor/ni para enamorar a una le servirán/no ganará plata con ellos/no entrará al cine gratis con ellos/no le darán ropa por ellos/no conseguirá tabaco o vino por ellos/ni papagayos ni bufandas ni barcos/ni toros ni paraguas conseguirá por ellos/si por ellos fuera la lluvia lo mojará/no alcanzará perdón o gracia por ellos/«con este poema no tomarás el poder» dice/«con estos versos no harás la Revolución» dice/«ni con miles de versos harás la Revolución» dice/se sienta a la mesa y escribe".
Podemos entender estas palabras como un rechazo a la necesidad de que la literatura refleje la opresión padecida por los oprimidos y las luchas que desarrollan por liberarse. En determinados momentos, las letras pueden acompañar ese proceso. Y en otros no. Sin embargo, no por eso serán reaccionarias. No se le puede buscar a todo una "utilidad". Aunque sea una utilidad “revolucionaria”. Ni pedirle a un escritor que sea una máquina de producir opiniones "políticamente correctas". Alguna vez, a un escritor negro de EE.UU., le preguntaron por qué no escribía poemas sobre la humillación que el racismo producía en ellos. Y contestó: "un escritor no es un tocadiscos". Lo que no implica que el escritor no se comprometa, no sea parte de las luchas de su tiempo. Como Gelman, un activista de su época. Y un poeta que insiste en dejar huellas de sus emociones sobre un papel.
La contraposición acción-reposo, lectura-decisión no deja de tener algo que hace ruido. Es como si contrapusiera la batalla al sueño, la comida a la acción directa. El amor a la revolución. La risa a los horrores de la guerra.
Hay otra idea de Ricardo Piglia, sin embargo, que me interesa destacar. La que sostiene que "el lector de ficciones es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético". Porque el revolucionario, podríamos decir, es alguien que ve en la política, en un proyecto de transformación, también, un modelo ético.
Claro que muchas veces la política se contrapone a los principios. Un amigo suele reprocharme que la izquierda autónoma se aferra tanto a los principios, que es incapaz de intervenir cuando la coyuntura se corre un centímetro de los planes trazados. Como si no tolerara que el contexto político fuera para un sitio diferente al esperado. Insiste en que la política "es la mierda". Y que la nueva izquierda, ensimismada, no quiere ensuciarse. Creo interpretar lo que está queriendo subrayar. Como si la izquierda por venir se hubiera estancado luego de que el período de auge de luchas sociales bajara. Como si no supiera retomar iniciativas (al menos tácticas) e intervenir en la coyuntura política con la audacia que la caracterizó en los cortes de rutas y puentes, en las puebladas e intensas luchas libradas desde mediados de los noventa hasta finales de 2002.
Debo reconocerle ciertas dificultades que se han tenido en estos años. Sin embargo, si entendemos a la política como una "invención", no podemos desligarla de la ética que se va gestando en las luchas por otro tipo de sociedad. De allí que "intervenir" implique "convivir", estar "en medio” de la mierda, es cierto, pero preservando otro tipo de valores. Combatiendo a los hegemónicos. Claro, si nos auto-aislamos, si nos repetimos hasta el cansancio "lo bellos y lindos que somos" -como gusta decir este amigo- y negamos lo que pasa a nuestro alrededor, tarde o temprano (seguramente temprano), nuestras construcciones se aislarán totalmente del conjunto social, perderán legitimidad, se "vaciarán" y la derrota, en tal caso, comenzará a pisarnos los talones. Ya que no siempre el aniquilamiento de las construcciones políticas es un exterminio físico-militar. Basta con que pierdan incidencia en la realidad real. No en la micro-realidad sino en la totalidad de lo real, que la incluye, por supuesto, sólo parcialmente.
De ahí la importancia que le asignamos a la frase del Che: "Política de principios, la mejor política". Es decir, no contraponiéndolas. Como señaló Susan Sontag "actuar por principios... sigue siendo una acción política". Porque: ¿qué pasa cuando el contexto histórico es adverso a las apuestas de transformación radical? No nos integramos; no nos rendimos. "Resistes por una acción solidaria. Con las comunidades que sostienen principios y con los desobedientes: aquí y por doquier. Del presente. Del futuro", insiste esta escritora norteamericana.
Bien, retomemos entonces la cuestión de la importancia de la literatura en todo esto. Si una de sus funciones es "profetizar", y una de las tareas de la militancia es anunciar, a la vez que construir, aquí y ahora, dónde se pueda y cómo se pueda (es decir, en medio de la mierda), la idea de que "otro mundo es posible", y los ejemplos que en la práctica lo adelanten, al menos en pequeña escala, el vínculo de literatura y política no parece tan lejano. De allí la importancia, en todo esto, del concepto de "socialismo prefigurativo". Es decir, el socialismo del siglo XXI será desde ahora o no será. Será en la medida en que podamos alejarnos de lo que quieren imponernos como política. Es decir, la política como gestión. Y una buena política: aquella que evita la corrupción.
Citemos como ejemplo esa consigna tan tenida en cuenta hace unos años: La política está en otra parte. Frase con la cual Hernán López Echagüe tituló uno de sus libros. En él cuenta su experiencia de viaje "al interior de los movimientos sociales". Este periodista argentino recorre el país en un automóvil. Visita, en Neuquén, a la ceramista Zanón (autogestionada por sus trabajadores), ahora llamada FASINPAT (Fábrica sin patrón). En Santiago del Estero, Córdoba y Mendoza, a las experiencia de organización y lucha que se desarrollan en el ámbito rural, y cuyo principal referente es el MOCASE. A las organizaciones territoriales del Gran Buenos Aires (los MTD Aníbal Verón) y a los desocupados del norte del país (la UTD de General Mosconi, en Salta, cuyo emblemático referente es José "Pepino" Fernández). Echagüe cuenta que el título y gran parte de la idea de su libro, surgió de otro: La vida está en otra parte, del escritor checo Mílan Kundera.
Seguramente al volver de aquel viaje ya no fue el mismo. Como los integrantes de todos esos movimientos. Sospecho que sus vidas cambiaron al ingresar a una organización popular. Se vieron a sí mismos y visualizaron a los otros de un modo distinto. Otro tipo de viaje, pero que también construye, transforma. Otra anécdota. Y esta vez, sin pedir permiso, o pasará a ser un exceso reconocido.
Compartiendo una conversa en un taller de Educación Popular de un Movimiento de Trabajadores Desocupados de la zona sur del Gran Buenos Aires, en el cual participaba activamente hace unos años, recuerdo haber escuchado a una compañera decir que el MTD le había cambiado la vida. Decía, esta vecina, tener mejor diálogo con sus hijos desde que todos eran "piqueteros". También saludaba la posibilidad de haberse hecho amiga de sus vecinas, con las que anteriormente no se cruzaba ni un hola y chau en el almacén. No sólo en la Argentina del nuevo milenio, en los MTD sucedieron estas cosas. Alguna vez Guevara remarcó que este tipo de cosas eran moneda corriente en la Cuba de la Revolución. “Y así la gente a veces por motivos emocionales fue ingresando en el proceso de construcción del socialismo.”
Son esas cosas pequeñas cosas de la vida cotidiana. Recuerdo que otra "cumpa" reconocía que sólo pudo "rajar" de la casa al marido-golpeador luego de pasar por la experiencia de formar parte del colectivo de seguridad en un corte de ruta. Y saber que contaba con el respaldo de sus compañeras/os en caso de que el tipo se volviera a poner pesado. Son sólo ejemplos. Y de los gratos. Existen también de los otros. No es que nos vayamos a poner como los evangelistas ("desde que voy a la iglesia ya no robo, ya no me drogo"). Pero tampoco está mal reconocer que ahí, en el "subsuelo de la patria", es donde muchas veces se sostienen prácticas lo más parecidas a lo que imaginamos para otro tipo de sociedad.
Porque de lo que se trata es de abandonar el presupuesto de que el socialismo es un modelo social a imponer y retomar la perspectiva comunista -como bien nos recuerda Aldo Casas inspirándose en Karl Marx- como "una realidad en devenir". La revolución como emancipación de las personas. Como creación de una nueva sociedad. El socialismo no como algo por-venir en un futuro incierto, sino como un ad-venir de prácticas, pensamientos y deseos que ya circulan entre nosotros. Y que con nosotros –y muchos otros- se irá redefiniendo, en un constante fluir hacia el futuro. Porque como gusta señalar Esteban Rodriguez, “el socialismo no es cosa de diez o veinte militantes. Se trata de toda la comunidad”. Y en la medida en que no se petrifique, no se transforme en dogma, el socialismo es también un signo de interrogación.
4. Las batallas del Oscuro de Flores"Es que la víbora -explicó el Oscuro- tiene dos metas que alcanzar, una terrestre y una celeste. Y hay que dar la batalla en los dos campos...
... Y yo había entendido mi guerra como necesaria y posible"
Leopoldo Marechal, en Megafón o la guerra
Decía entonces que la ética y la política no se contraponían. Que intervenir políticamente para cambiar el actual estado de situación, implica librar múltiples batallas: por restituir la posibilidad de acceder a niveles de vida dignos, pero también por gestar otras formas de concebirnos a nosotros y a los otros. No en una situación ideal, sino en esta realidad, tal cual nos toca vivirla. Conviviendo con virtudes y miserias. Propias y ajenas.
En estos días, Frei Betto escribió una carta abierta al Che. Andrea Gallegos, asesora literaria además de tía "por adopción", me la envió por correo electrónico. Nos hacemos eco de algunas de las palabras del brasilero, porque no podemos evitar identificarnos en ellas. El texto es largo, así que sólo tomaré unas líneas.
"Tu nos enseñaste un día que el ser humano es el actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad. Y que este no es un producto acabado. Los defectos del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que emprender un continuo trabajo para erradicarlos". Tal vez lo más interesante de la carta sea su conclusión: "nos ha faltado destacar con mas énfasis los valores morales, las emulaciones subjetivas, los anhelos espirituales".
Quizás allí radique el legado más importante de Guevara. En su atención a los problemas subjetivos y los valores. A ese enfoque de la vida. Porque “no se vive fecundamente sin una concepción metafísica de la vida", para decirlo con las palabras de Mariátegui. Emulaciones subjetivas, pasión, anhelos espirituales, concepción metafísica de la vida.
Acaso la nueva izquierda deba retomar la guerra emprendida por Megafón. Insistir con las dos batallas del Oscuro de Flores. ¿Por qué no tomar a Leopoldo Marechal como referente? No proponemos un modelo evangélico, que se entienda. Nada por el estilo. O correremos el riesgo de trasladarnos, no ya a Flores, sino a Caballito, y quedar atrapados en la Iglesia Universal, cantando junto a un pastor y cientos de fanáticos.
Reunir, entonces, la pluma con la espada. Y darles armonía. ¿O no, Megafón? ¿Acaso no nos señalaste que "los grandes hechos de armas, que no abundan en la historia, se desarrollan como teoremas poéticos"? Retomaremos tu apuesta literaria llevándola a la práctica política. Aspiraremos a reunir con nosotros "un equipo bélico entrenado en la costumbre poética del coraje". Intentaremos continuar generando preguntas. Elaborando afirmaciones (al menos pasajeras, hipotéticas), contrarias a las preguntas y respuestas que intentan imponernos hoy en día.
Porque en nuestra realidad, tal vez más que nunca, los lugares comunes abundan por doquier. Todo parece venir servido en bandeja. De esas de comida rápida. Y ahí, la literatura tiene, o más bien puede, jugar un papel importante. Ofreciendo mitos que se contrapongan a los fetiches. Intentando comprender algo del mundo, para contarlo. Aprendiendo —como remarcó Susan Sontag— a relacionarnos "con la maldad de la cual son capaces los seres humanos, sin corrompernos -convirtiéndonos en cínicos o superficiales- al comprenderlo". Ampliando los horizontes de libertad. Buscando ofrecer, desde la literatura, modelos que, como la utopía o la ficción, no sean sólo imaginarios y futuros, sino actuales y reales.
Porque el socialismo del siglo XXI, si realmente abomina de las pretensiones científicas de sus primos del anterior siglo, deberá ser capaz de retomar —y resignificar— el concepto de utopía, ya no como el no lugar, o la zanahoria que nos ponemos adelante pero que se va más allá con cada paso que damos. La utopía como el lugar actual, tal vez impreciso pero real, de prácticas y deseos cotidianos, de gestación de nuevos valores y formas de relacionarnos. La utopía como experiencia práctica, que sea capaz de abrirse camino desde lo que se nos plantea como imposible. “Seamos realistas: pidamos lo imposible”, pintaban los jóvenes que protagonizaron en el 68 el Mayo francés. El socialismo, entonces, como relato ficcional, siempre y cuando entendemos a la ficción como creación o invención de posibilidades. Y que no se nos acuse de "posmos" ¿O tendremos que desenfundar una frase de nuestro amigo el pelado? Bien, hagámoslo: “Hay que soñar, a condición de creer firmemente en el sueño” (Lenin)
“Y yo había entendido mi guerra como necesaria y posible", nos dice Megafón. Quizá debamos remarcar que entendemos por posible al campo amplio de posibilidades que abre la acción. Posible no implica que vaya a suceder. Y necesario ya que la actual situación en la que se encuentran tres cuartas partes de la humanidad continua siendo miserable. Sin embargo, nada indica que, necesariamente, las cosas deban ser de otro modo. Es decir, no hay necesariedad del socialismo, simplemente, porque la historia es contingente. No tiene ningún sentido. Más que el que le asignemos. Claro que así, todo parece un tanto más difícil que hace unas décadas. Pero cuanta razón tiene Raúl Cerdeiras: la nueva militancia se nutre de apuestas. Y tiene más incertidumbres que certezas. Aunque no por ello debemos resignarnos. Como dice el refrán: a llorar a la iglesia.
Y en este punto es crucial la vigencia de la apuesta guevariana a construir una nueva subjetividad (“El hombre nuevo”, diría el Che. “Las mujeres y hombres nuevos”, nos insisten nuestras cumpas). Aquí estamos, las mujeres y los hombres del siglo XXI de los que hablaba Guevara. Seguramente mucho más en pelotas de lo que el comandante pudo haberse imaginado. En caso de que en algún momento haya tenido una imaginación pesimista. Pero aquí estamos. Dando pelea. Y eso es lo que cuenta.
En estos días, un amigo de Rosario me envió un correo electrónico, diciendo que unas lecturas le recordaron una frase de Guevara: "Somos lo que hacemos, pero mucho más somos lo que hacemos para dejar de ser lo que somos”. Instantáneamente recordé otra frase, no del Che, sino de Sartre: “No nos transformamos en lo que somos sino mediante la negación, intima y radical de lo que han hecho de nosotros”.
La cuestión es que para cambiar hay que dejar cosas atrás. Como las peladuras de la víbora de Megafón. Y para esto es importante subjetivizar la política. Porque al socialismo hay que hacerlo carne. Como escribió Esteban Rodriguez alguna vez, hablando de los estímulos morales propuestos por el Che: “Sin estímulos semejantes que intensifiquen la experiencia, el socialismo será una cuestión de iniciados, quiero decir, una práctica que atañe a especialistas que rozan el fundamentalismo. Se necesitan entonces distintas motivaciones emocionales que sustenten el cotidiano que comienza a levantarse entre acantilados. No se llega al socialismo de un plumazo, con sesiones de materialismo dialéctico puro. No se trata de convencer, sino de predicar con el ejemplo. Esta es la cuestión. Contagiar con el ejemplo”.
Algo que Guevara nunca dejó de tener en cuenta: “Siempre quedan rezagados, y nuestra función no es la de liquidar a los rezagados, no es la de aplastarlos y obligarlos a que acaten a una vanguardia armada, sino la de educarlos, la de llevarlos adelante, la de hacer que nos sigan por nuestro ejemplo…el ejemplo de sus mejores compañeros, que lo están haciendo con entusiasmo, con fervor, con alegría día a día. El ejemplo, el buen ejemplo, como el mal ejemplo, es muy contagioso, y nosotros tenemos que contagiar con buenos ejemplos… demostrar de lo que somos capaces; demostrar de lo que es capaz una revolución cuando está en el poder, y cuando tiene fe”
De algo muy parecido hablamos desde la izquierda por venir cuando nos preocupamos tanto por la cotidianeidad, por las prácticas prefigurativas. Se trata de tener una conducta, de vivir de acuerdo a una cierta ética, no de bajar línea, de decir lo que habría que hacer. Hacerlo y punto. Y compartir experiencias y saberes. No de “adoctrinar”. Mucho menos de imponer. Porque el militante, tal cual se lo entiende desde la izquierda autónoma, no es el portador de ninguna verdad. No tiene que inyectarle ninguna conciencia a nadie. Si tiene alguna idea que le sirve como posible parámetro de modelo, suele funcionar más como hipótesis que como certeza cerrada. La línea es una curva. El modelo se parece más a un chiste que a un paradigma científico (“Mas que cuadros revolucionarios somos como círculos”, dijo el sub-comandante Marcos alguna vez).
Claro que, para cierta izquierda, la apertura a un campo de incertidumbres es peligroso, porque puede conducir rápidamente a la desesperanza y la angustia. De ahí la necesidad de tener una línea clara, que suele ser estática. Para la izquierda por venir, la línea es un sendero que se bifurca. Por eso nos hacemos eco de las palabras del Zaratustra de F. Nietzsche: “‘Este es mi camino, ¿Dónde está el vuestro?’, así respondía yo a quienes me preguntaban por ‘el camino’. ¡El camino, en efecto, no existe!”.
5. Punto y aparte
“No se libran batallas en nombre de una nostalgia”
Emil Cifran
“Una praxis popular debe articular el realismo de las condiciones con la audacia innovadora derivada de un espíritu utópico siempre desmesurado”
Fernando Stratta y Miguel Mazzeo, en Reflexiones sobre el poder popular