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Lunes, 05 de Enero de 2009
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A 40 años del asesinato de Ernesto "Che" Guevara PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Abel Boholavsky**   
lunes, 08 de octubre de 2007

 La Influencia del guevarismo en Argentina*

  

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         
 

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Domingo Menna, miembro de la dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores hablando en el acto del 4º Aniversario del cordobazo. A su izquierda, Agustín Tosco el secretario general de Luz y Fuerza y adjunto de la CGT de Córdoba. El 29 de mayo de 1973. La fusión de las ideas del Che con el movimiento obrero.

                                                                                                  

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Mario Roberto Santucho, secretario general del PRT y Comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). 



La irrupción del Che significó muchas cosas a la vez. Tantas, que es difícil sintetizarlas en pocos conceptos. Se me ocurre que la idea más completa es la actualidad de la revolución. Esto quiere decir en forma sencilla y contundente que la revolución social es posible.

De manera exactamente contraria a los posibilistas contemporáneos, los guevaristas de los ‘60 y los ‘70 teníamos esa convicción: éramos, si se admite el juego de palabras, posibilistas revolucionarios.
El Che, Fidel, la Revolución Cubana, fueron una múltiple demostración práctica y teórica de que ni el capitalismo ni el reformismo político tenían razón.

Esa Revolución dio al traste con el fatalismo de una “izquierda” que, aunque vergonzosamente no lo admitía en forma explícita, estaba convencida que la revolución ya no era posible por la fortaleza política, económica y militar del imperialsmo.

Las ideas del Che significaron un saludable sacudimiento frente a la degradación de un “marxismo” stalinista que había implantado la noción de que la “izquierda” era “de café”, que era sinónimo de estructuras internas verticalistas, de propuestas políticas reformistas y de colaboración de clases. Los guevaristas éramos precisamente lo contrario a lo que los reformistas de esa época y los posibilistas de hoy nos imputan: “militantes testimoniales”. Éramos militantes políticos prácticos.

Pocos movimientos políticos en América Latina y en Argentina en el siglo XX han sido tan audazmente prácticos y ricos teóricamente como los surgidos bajo la inspiración del Che. Frente a una crisis económica, política y moral de mucho menor magnitud que la actual, se alzó un movimiento que afirmaba la necesidad del socialismo como única alternativa para salir del marasmo y la degradación capitalista.

Son tantos los aspectos que las ideas y la presencia del Che revolucionaron, que su sistematización y transmisión a las actuales generaciones nos resulta difícil y siempre incompleta. Lo intentaremos.
 
*Este trabajo es parte de uno mayor, que será publicado en el Número 2 de la revista "Que Hacer" de próxima aparición. Puede conseguir este y el primer número escribiendo un mail a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
**Abel Boholavsky es Militante del Encuentro Sindical de Base (ESB), y fue parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en la Pcia. de Córdoba.
 
1.—En lo personal.
 
Significaba asumir un compromiso que demostrara una actitud de vida congruente con los ideales colectivistas y solidarios del socialismo. El stalinismo y todas las formas del reformismo y el populismo, habían logrado implantar en la sociedad, y sobre todo frente a la clase trabajadora, que el “izquierdista” era una suerte de parásito acomodaticio, carente de compromiso personal. Esta lucha ideológica necesitaba demostraciones prácticas que intentaban emular al Che, el paradigma del hombre desprendido de toda prebenda. El Che encarnó como pocos la condición humana del marxista.

Lógicamente que, debido a la inexperiencia y las urgencias del momento, más de una vez, esta lucha ideológica llevó a extremos y límites erróneos que permitían nuevos flancos de ataque del populismo y el reformismo contra el marxismo.

Se llegó, creo, a generalizaciones que revelaron confusiones, no comprendiendo que ni todos los militantes pueden ser iguales ni es necesario que cada uno sea una réplica del Che. Visto a la distancia, resulta paradójico que el Che, que era un sujeto muy racional y ajeno a todo misticismo, haya desencadenado por su propia coherencia, conductas imitativas —erróneas— cargadas de mística que caracterizaron a militantes y organizaciones que postulaban políticas de transformación basadas en leyes de desarrollo social con criterio científico.

Por otra parte, a partir del escrito del Che El socialismo y el hombre nuevo en Cuba, el ideal revolucionario se asumió como una concepción humana que iba más allá de la propuesta estratégica. Esta revitalización del marxismo que introdujo el Che, posibilitó la adhesión al ideal revolucionario de corrientes no provenientes del socialismo. Pero hay que resaltar frente a tergiversaciones de entonces y de hoy, que el Che planteaba el nuevo hombre a partir de nuevas relaciones sociales de producción fundadas en el colectivismo. Su moral no era abstracta.

2.— El papel de lo subjetivo y lo conciente.
 
En todos los escritos del Che resalta la trascendencia que él le daba a la subjetividad y la importancia que le atribuía en el desarrollo de una lucha revolucionaria. El Che reintrodujo esta temática que estaba virtualmente abandonada desde Lenin, ya que el dogmatismo stalinista había llevado al marxismo hacia concepciones deterministas, donde lo “objetivo” anulaba todo intento transformador a partir de la conciencia. No por casualidad, los reformistas y los economicistas endilgaban a los guevaristas el ser “subjetivistas”, como forma de descalificar la postura revolucionaria. Y desde ese punto de partida, todas las propuestas guevaristas eran condenadas por “voluntaristas”. Es cierto, que igual que en el tema de la conducta militante, los revolucionarios caíamos muchas veces en formulaciones voluntaristas. Pero hay que tener en cuenta que el nuevo movimiento revolucionario debía pugnar contra el dogmatismo determinista (en Argentina, sobre todo el que provenía del PC y sus variantes stalinistas) y contra el economicismo espontaneísta (que provenía de la variante morenista del trotskysmo, del PRT-La Verdad  de Nahuel Moreno). Ni qué hablar, de la lucha ideológica con las corrientes del peronismo revolucionario, que siempre sostuvieron que el peronismo era algo así como un “estadío de la conciencia de la clase obrera”, o una política que expresaba una conciencia de clase “en sí” que había que superar hacia una conciencia “para sí”, partiendo de una postura política peronista.
 
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Para el socialismo guevarista, la ideología populista de colaboración entre los trabajadores y el capital, no podía ser el punto de partida hacia la toma de conciencia de clase explotada. De ahí el énfasis que se puso en la propaganda socialista.

3.— El carácter de la revolución.
 
A partir de la experiencia cubana y de la formulación del Che “....no hay hay más cambios que hacer, o Revolución Socialista o caricatura de revolución” se actualizó este debate.

El Partido Revolucionario de los Trabajadores, en 1968, al asumir el legado del Che, define su estrategia como de revolución antimperialista y socialista. La izquierda reformista (socialista y comunista) siempre sostuvo que en Argentina y en América Latina no estaban dadas las condiciones para una revolución socialista. Sostenían —¡aún después de Cuba y del Che!— que la revolución debía ser “por etapas”. Y esto, porque según su análisis, Argentina tenía demasiados resabios pre-capitalistas o semifeudales. Según este enfoque, la revolución argentina sería “democrática anti-imperialista con vistas al socialismo” (PC), o “nacional democrática y popular” (VC y PCR, maoístas), o “de liberación nacional” (MLN). A partir del 70—71, los llamados “socialistas puros” introdujeron otra polémica más, ya que cuestionaban la formulación perretista de revolución anti-imperialista y socialista, sosteniendo que la revolución era socialista, a secas.

Estas polémicas se basaban y entrecruzaban con las distintas caracterizaciones de la formación socio-económica y el papel de las clases sociales, que excedían las formulaciones del Che. ¿En qué estaba presente el Che en este debate? En su inequívoco planteo de que la revolución por venir era necesariamente socialista e internacionalista. En ningún documento el Che separó la liberación nacional de la liberación social y siempre sostuvo que el movimiento de liberación debía ser encabezado por la clase proletaria.
 
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4.— Las formas de lucha, la lucha armada y otras cuestiones de organización.

La Revolución Cubana, Fidel y el Che abrieron el debate sobre la cuestión de la lucha por el poder político.
 En primer lugar, la legitimidad o no de la lucha armada, la cual siguió siendo impugnada por todas las vertientes reformistas (PC, PS). Es necesario recordar que tanto desde la política burguesa tradicional como desde esa supuesta “izquierda” se anatematizó al guevarismo como “terrorismo”. Y no pocas veces, como la supuesta causa de las represiones violentas. Ni siquiera este debate se saldó años después, cuando la frustrada experiencia chilena de “vía pacífica al socialismo” confirmó trágicamente y muy cerca nuestro, el carácter y la esencia brutal y violenta de las clases capitalistas. La estigmatización del ideario guevarista como “terrorismo” en épocas tan difíciles como las del terrorismo Triple A y las dictaduras (1966-73 y 1976-83) fueron conductas tan criminales como las descriptas en las épocas del predominio stalinista.

 En segundo lugar, sobre el momento y la oportunidad del inicio de las luchas armadas. En general, todas las corrientes trotskistas —salvo el desprendimiento que dio lugar al PRT-El Combatiente y la posterior fundación del ERP— y todos los grupos maoístas, cuestionaron a las organizaciones insurgentes.

 En tercer lugar, la estrategia a adoptar. Y aquí se entabló otro gran debate. El primero de ellos, fue en relación a la organización de un foco guerrillero. El primer grupo que se lanzó a una opción foquista en Argentina fue el encabezado por el Vasco Angel Bengochea, al interior de Palabra Obrera liderada por Nahuel Moreno, que los expulsó de su seno. El grupo no prosperó (Bengochea murió en 1964 en un accidente con explosivos). También de Palabra Obrera surgió Hugo Blanco, quien desde La Plata regresó a su Perú natal, organizando una lucha campesina que devino en guerrilla, la que fue aplastada (Hugo Blanco también fue separado de PO). Otra experiencia foquista frustrada, al margen de las organizaciones preexistentes, fue la del Ejército Guerrillero del Pueblo al frente del cual murió Jorge Ricardo Masetti en 1964 en Salta.

Estas experiencias hicieron madurar la crisis en el Partido Revolucionario de los Trabajadores en 1967-68 (el PRT nació en 1965 como fusión de PO y el FRIP-Frente Revolucionario Indoamericano y Popular). Los cuestionadores de Nahuel Moreno dieron a luz el PRT-El Combatiente, que fue el primer partido que, como tal, se planteó la lucha armada con una concepción de revolución socialista. Tras una nueva crisis en 1969-70, se impone la tendencia leninista encabezada por Mario Roberto Santucho, que funda el Ejército Revolucionario del Pueblo en julio de 1970. Su idea central era ajena al foquismo, planteando la construcción simultánea de un partido proletario marxista-leninista y un ejército popular a partir del trabajo de masas del partido, no sólo en zonas rurales geográficamente alejadas, sino dentro mismo del movimiento obrero, sobre todo en las grandes concentraciones industriales. Partía de las propias experiencias de lucha del movimiento obrero organizado, tanto de la resistencia armada peronista como de los primeros conflictos contra la dictadura de Onganía. El naciente movimiento revolucionario enfrentaría el desafío de combinar su propuesta de guerra de guerrillas en el desarrollo de una revolución esencialmente proletaria y urbana, dadas las características de Argentina, y, al mismo tiempo, crear fuerzas guerrilleras de gran magnitud entre los obreros rurales y campesinos pobres en las zonas rurales del norte.

Entre 1969 y 1973 se crearon y luego desaparecieron otros grupos armados de izquierda. Las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL) —incluso antes del 69— con militantes provenientes de escisiones del PC y del PCR, que no superaron la etapa de “aparatos” en su accionar. Se fraccionaron y muchos de sus miembros se incorporaron al PRT-ERP. En Córdoba nació y desapareció el Movimiento Revolucionario Argentino (MRA) y en Tucumán el Ejército Libertador del Norte (ELN).

Desde el peronismo nacieron las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), como una reactualización de la Resistencia Peronista de fines del ‘50 y en este grupo también había una impronta del Che. En julio de 1970 aparecieron las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) con Osatinsky y Quieto (ex miembros del PC) y Roqué a la cabeza. Su núcleo original estuvo vinculado a la propia guerrilla del Che, optó por peronizarse y terminó fusionado con Montoneros en 1973.

Los Montoneros aparecieron a la luz pública en mayo de 1970 en Buenos Aires y Córdoba y aunque sus formas guerrilleras los asemejaban a las corrientes guevaristas, ideológicamente nunca fueron socialistas ni guevaristas. El documento político inicial en el que evocaban a Dios y su meta central, el retorno de Perón, daría el signo esencial de esta organización armada que llegó a desarrollar un poderoso movimiento juvenil de masas —la JP y la JTP— que siguió el ritmo de las luchas internas peronistas, intentando heredar el liderazgo de Perón, quien primero los alentó como “formaciones especiales” y después les entabló una lucha a muerte con toda la contundencia de este término. Aunque a Montoneros la integraron muchos militantes de inspiración guevarista, incluso en su dirección, nunca tuvo un programa socialista. Era una organización populista radicalizada.

Al final del período, en 1976, se perfilaban sólo dos organizaciones que desplegaban la lucha armada desde una propuesta socialista: el PRT-ERP y la Organización Comunista Poder Obrero-Brigadas Rojas (conformada por varios destacamentos de la izquierda socialista) y una sola peronista, Montoneros. Por su envergadura, el PRT era el eje de las adhesiones y las críticas desde la izquierda y desde el peronismo. A pesar de su origen claramente no foquista, atravesó períodos de evidente militarismo, como el de fines del ‘71 hasta fines del ‘72, en que no supo ser coherente con su propio planteo de combinar las formas de lucha insurreccionales con su propuesta de táctica electoral clasista y socialista. Cuando para las segundas elecciones presidenciales del ‘73, el PRT propuso por medio del FAS (Frente Antimperialista y por el Socialismo) —que dirigía— disputar en ese terreno con la fórmula obrera Tosco-Jaime contra la oficialista Perón-Isabel, sólo el FRP (Frente Revolucionario Peronista) y los grupos de la izquierda socialista apoyaron. Nuevamente, el populismo, los viejos stalinistas y los neo-stalinistas, le dieron la espalda a una alternativa electoral clasista y socialista, que surgía precisamente desde el guevarismo.

5.— La estrategia internacionalista del Che.
 
En su último documento político, el Mensaje a los Pueblos reunidos en la Tricontinental, el Che analiza la situación del mundo a partir de la modalidad predominante en la época de dominación imperialista, su intervencionismo militar. En momentos en que el curso de la guerra de Vietnam está lejos de definirse, el Che plantea que la opción de definir ese rumbo a favor de la Revolución Vietnamita e indochina, es “crear dos, tres, muchos Vietnam “. Y señala a América como el terreno donde las condiciones económicas y sociales son más propicias. El Che es muy claro al definir en ese momento el papel político de la entonces URSS y de China, señalando que juegan como el público en el circo romano: aplauden, pero no corren la misma suerte que los gladiadores. Este documento referido a una situación tan concreta y dramática, se convirtió en la más contundente crítica a los post’stalinistas brezhnevianos y maoístas, a su vez, peleados entre sí.

El Che no fue a Bolivia a hacer una guerrilla en Ñancahuazú, sino a crear condiciones para desarrollar un estado mayor revolucionario internacionalista a nivel subcontinental, a partir del cual intentaría coordinar movimientos revolucionarios con raíces en cada país. Se vio forzado a combatir de inmediato, tras ser descubierto cuando apenas iniciaba una estrategia de largo alcance. Sobre esa última traición del PC no hay más que leer su Diario de Bolivia, ahora ratificado en el libro del sobreviviente de ese destacamento, Harry Villegas (Pombo).

La idea de contribuir a desarrollar una estrategia revolucionaria en un país de desarrollo capitalista relativamente más avanzado que el resto de América Latina, como ya era la Argentina de los ‘60, con un proletariado industrial numeroso y determinante en las luchas sociales y políticas, sentó las bases de lo que se conoció genéricamente como guevarismo en este país. Las dos ideas centrales que lo caracterizaron fueron: estrategia política y militar bajo una misma dirección y la propuesta de revolución socialista, como programa de transformación socio-económica, política y cultural a ser llevada adelante por un gobierno obrero y popular. Al mismo tiempo, siguiendo el planteo del Che en el Mensaje, se conformó la Junta de Coordinación Revolucionaria del Cono Sur, integrada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile, el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros de Uruguay, el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia y el PRT—ERP de Argentina. La JCR editó su propia revista Che Guevara, en cuyas páginas escribió Inti Peredo, sobreviviente de la guerrilla de Ñancahuazú.

Conclusiones preliminares

Cuando a fines de 1975 el general Videla anunció en la Conferencia de Ejércitos Americanos el genocidio que se preparaba de inmediato (“tendrán que morir todos los argentinos que sea necesario”), expresaba en lenguaje militar lo que se proponía casi toda la clase capitalista argentina y contaba con el acuerdo explícito del gobierno norteamericano de Richard Nixon y su canciller Henry Kissinger.

En el país no habría más de 5 mil guerrilleros en armas y eso lo sabía perfectamente la dirigencia política, empresarial y militar. De lo que se trataba, era de detener y aplastar un poderoso movimiento social, cuyo desenvolvimiento tendía a una ruptura con las fuerzas políticas tradicionales (PJ y UCR), que lógicamente no podían dar una respuesta económico-social favorable a las clases laboriosas. Desde el cordobazo y el rosariazo de 1969, los movimientos de masas habían tomado la iniciativa política. A mediados del ‘75 se estaba entrando en esa situación en la que “los de abajo no aguantan más y los de arriba ya no pueden gobernar más”. Entonces, si no se daba una réplica nazi-fascista como la que se dio, existía el riesgo de que el movimiento de masas se orientara hacia la incipiente propuesta revolucionaria.

No eran marxistas ni guevaristas los miles y miles de delegados y activistas sindicales que desde las antiburocráticas Coordinadoras de Gremios en Lucha le imprimían un fuerte carácter anticapitalista a cada lucha reivindicativa. No por casualidad, meses antes, el líder de la UCR Ricardo Balbín estigmatizó a ese movimiento sindical como “guerrilla industrial”. No por casualidad, poco tiempo antes de morir, el general Perón dijo que Agustín Tosco, genuino símbolo de la rebelión obrera, era “el dirigente de la triste figura”. Estas expresiones preparaban el terreno político para una nueva acción violenta desde el Estado contra la clase trabajadora.

La descalificación y la calumnia macartysta de Perón y Balbín reflejaban el temor a la fusión de las ideas socialistas —las del Che— con el poderoso movmiento social en marcha. El movimiento revolucionario no maduró lo suficiente como para asumir la dirección y ser reconocido como tal por parte de la hasta entonces pujante clase obrera industrial. Triunfó el genocidio, se salvó el capitalismo y durante las tres décadas siguientes la clase trabajadora de tres generaciones paga el costo social que vimos y seguimos viendo. Hasta que la nueva generación rescate las ideas de la Revolución Socialista del Che.
 
 
Agustín Tosco -Secretario General del Sindicato Luz y Fuerza, Secretario Adjunto de la CGT de Córdoba- Habla sobre el "Che", Sáenz Peña, Chaco - 24 de noviembre de 1973

Compañeras, compañeros: en primer lugar, quiero decir que junto con los compañeros cordobeses que venimos a este V Encuentro del Frente Antimperialista y por el Socialismo, sentimos en la ruta de más de mil kilómetros una profunda emoción. Lo esencial, decía el Comandante Ernesto Che Guevara, lo esencial es la voluntad, el compromiso para la liberación. Y nosotros, en esos ómnibus en que venían los compañeros sacando el puño por las ventanas, que venían de Trelew, desde Buenos Aires, desde Salta, veíamos ese valor esencial del ser humano revolucionario que es el compromiso para la liberación nacional y social de nuestra patria. Lo decimos esto no a título de discurso, sino como hermanos proletarios, como hermanos de clase que al ver a la juventud levantando las banderas del Che, levantando las banderas de la Revolución Latinoamericana, justificada está nuestra vida, justificado está nuestro compromiso, satisfechos estamos de haber vivido una etapa en que aflora la juventud, levantando las grandes consignas, jugando su vida con esa gran causa social, con esa gran causa revolucionaria, con esa gran causa socialisa.
 
 

*En ocasión de cumplirse 40 años del asesinato de Ernésto "Che" Guevara, la Agencia de Noticias NodoSur publica un conjunto de notas de opinión especialmente redactadas para éste nuevo aniversario. Su vida, su práctica política, y la radicalidad de su pensamiento generan profundos debates, y diversas miradas, las que intentaremos reflejar por considerarlas fundamentales para comprender esta trascendental figura del siglo XX.
 
 
 
 
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