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Martes, 06 de Enero de 2009
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Debate a 40 años del asesinato del "Che" Guevara PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Mauro Noel (Colectivo Editorial de la Revista Qué Hacer)   
martes, 06 de noviembre de 2007

Dos, tres, muchos Che: la disputa política y simbólica por su legado revolucionario

I- Imágenes

En el interior del lujoso Hotel Intercontinental un grupo de jóvenes coreaba entusiasta la consigna “Patria si, colonia no”. La destinataria era la flamante presidenta electa, Cristina Kirchner, continuidad del gobierno de su consorte, el Presidente que pagó por adelantado 9.800 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional como gesto de independencia y soberanía nacional (para dejar de ser colonia, claro está). Afuera, las cámaras de televisión mostraban a las primeras columnas de manifestantes que se acomodaban en los alrededores del céntrico hotel para celebrar el triunfo en las urnas del kirchnerismo. Allí, en un variopinto despliegue de pancartas y banderas, una “flameadora” con el rostro del Che ondeaba pendularmente, de derecha a izquierda, en parsimonioso vaivén. El Che parecía festejar también, iba y venía, y al desplazarse hacia su izquierda se fundía –en un mismo plano visual- con un pasacalle que rezaba: “Mario Ishi conducción”. Una imagen de pesadilla, el Che amuchado entre los caudillos pejotistas del conurbano bonaerense… ¿Qué hacía el Che allí?

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II- Los esfuerzos por convertir al Che en un significante vacío

Es famosa la reflexión con la que Lenin abre el primer capítulo de “El Estado y la Revolución”, acerca de las transfiguraciones de sentido que las clases dominantes realizan sobre el legado político de los grandes revolucionarios muertos. Lenin se refería a Marx y se enfurecía ante la utilización que hacían de su obra las distintas expresiones de la decadente socialdemocracia europea -alemana fundamentalmente-, que por esos días se encontraba embarcada hasta el cuello en la guerra imperialista iniciada en 1914, yendo a la rastra de las respectivas burguesías nacionales europeas. Recordemos una vez más qué decía Lenin allí, la riqueza de su pensamiento justifica la extensión de la cita: “Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en íconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para ´consolar´ y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante ´arreglo´ del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable para la burguesía”. Y luego Lenin remata de forma contundente: “Todos los socialchovinistas son hoy -¡bromas aparte!- ´marxistas´. Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en pulverizar al marxismo, hablan hoy ¡de un Marx ´nacional-alemán´ que, según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiña!" (1)

 

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Saquemos a Marx y pongamos al Che; abandonemos el continente europeo convulsionado hasta sus cimientos por la masacre imperialista y el posterior ascenso revolucionario de la clase obrera en la segunda década del siglo XX, para situarnos en Argentina, a siete años de iniciado el siglo XXI: ¿qué hacía el Che en los festejos del triunfo electoral de Cristina Kirchner? Fue llevado allí por los oportunistas y mendicantes del movimiento popular y, parafraseando a Lenin, podríamos decir -bromas aparte-, “¡Aquí tenemos un Che Guevara nacional-popular, seguidor entusiasta de un gobierno que se propone construir un capitalismo serio, pues finalmente ganar dinero no es pecado, como bien dice la Presidenta electa!”.

El anterior es el ejemplo más grotesco e indignante de los miserables esfuerzos por confiscar el espíritu y la sustancia revolucionaria de la figura del Che. Las clases dominantes y los oportunistas del movimiento popular pugnan por convertirlo en un significante vacío, una pura nada icónica que pueda ser cargada simbólicamente con los contenidos políticos que resultan funcionales a las necesidades estrechas, pequeñas, de las apuestas políticas actuales de estos sectores.

 

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Otro caso. En los días previos al 8 de octubre, el Partido Comunista (PC) argentino publicó un pequeño recuadro en el diario Página/12 para informar sobre la realización de un acto homenaje por el Che: “A 40 años de su caída”, rezaba la escueta leyenda. Un lector desprevenido pudo haber imaginado un Che trastabillando o resbalando en plena selva boliviana, “cayéndose”. El anuncio es escandalosamente vergonzante, no por lo que postula sino por lo que calla: caída… en combate, ¡pequeño olvido! Así, la omisión del PC nos muestra un Che pulcro y adecentado, sin ese costado horriblemente violento, mucho más a tono con el espíritu pacífico de la inefable alianza electoral del PC con el Partido Humanista, el movimiento político-de-autoayuda que preconiza la “no violencia activa”. Como podrá apreciarse, salta a la vista la absoluta correspondencia de estas ideas con los postulados políticos, organizativos y prácticos que guiaron la praxis revolucionaria de Ernesto Guevara a lo largo de su corta vida.

Pese a que lo intenta de mil formas distintas, la sutil maquinaria cultural del sistema capitalista no logra cosificar la figura del Che. Rebelde, Ernesto Guevara trasciende y desborda, felizmente, estos intentos de expropiación de su legado político.

III- Ética, estética y estrategia de la revolución

El Che encarna, quizás como ningún otro hombre en el siglo XX, la adopción de la lucha revolucionaria como ética y estética de la vida, en tanto la manera más digna de afrontar la experiencia vital humana en el marco de una sociedad insoportablemente injusta y desigual.

 “En último caso, siempre es preferible ser derrotado o muerto con el ´Che´, que acertar y triunfar con Vitorio Codovilla. Sobre todo, mucho más alegre”, propuso en falsa dicotomía, pero con magistral justeza, John William Cooke(2). Provocadoras, las palabras del “Bebe” Cooke son certeras para degustar el sentido ético (y épico) de la batalla por el socialismo que tiene en el Che un referente ineludible. O dicho de otro modo, la recuperación del socialismo como proyecto humano deseable y necesario, por el cual vale la pena luchar.

Pero para nosotros, la belleza revolucionaria que el Che plasmó en actos de lucha y resistencia, puede y debe ser un instrumento en la gestación de la eficacia: por eso mismo es imprescindible defender inquebrantablemente que queremos y podemos ganar con el Che. Y para que esto pueda ser realidad algún día es imprescindible debatir y reflexionar sobre su legado, fundamentalmente, en términos de estrategia política. Desde ya, lo anterior no supone inhibir o desdeñar de otras esferas de reflexión o líneas de aproximación a la figura del Che, sino que demanda la clarificación del carácter y el registro de nuestro esfuerzo analítico, sino a riesgo de aportar a confusiones no menores.

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En su artículo “Las dos batallas”, publicado en la Agencia Nodo Sur semanas atrás, el compañero Mariano Pacheco describe un espíritu sincrético como clave en la conformación de la subjetividad de la militancia que define como autónoma o “nueva-nueva izquierda”, según el concepto acuñado por Miguel Mazzeo para hacer referencia a una porción del activismo militante que emergió con fuerza luego de las históricas jornadas de diciembre de 2001. Esa militancia con vocación de síntesis, señala Pacheco, “se permite leer a Leopoldo Lugones y a Roberto Arlt; a Rodolfo Walsh, Francisco "Paco" Urondo, Haroldo Conti, Juan Gelman o Leopoldo Marechal, pero también a Manuel Puig, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges (…) Una militancia que puede combinar al "Roby" Santucho con John W. Cooke. La estrella federal y la de cinco puntas. Evita y el Che. Montoneros y el PRT. La resistencia peronista y Trotsky. Por supuesto, puede escuchar a Silvio Rodriguez, pero también se permite a Babasónicos. Intoxicados y Viglietti. Larralde y Hermética. Calamaro y Pugliese. Que transforma las canciones cantadas en recitales de La Renga en consignas políticas; y viceversa

Puede suponerse que la motivación de este mestizaje es forjar una identidad militante rica en matices, que sea capaz de dialogar de par a par con los anhelos y aspiraciones de nuestro pueblo, no como “agente exógeno” sino como parte activa y decidida del mismo contingente popular. Y es perfectamente válido este esfuerzo en pos de ese objetivo, aunque nos permitamos dudar de la vía para alcanzarlo: es de una cotidiana contundencia que en nuestro país las principales formaciones de la izquierda partidaria no sólo son expresiones marginales en el seno de la clase obrera, sino que además presentan enorme dificultades para empalmar con lo popular en general. Un nutrido conjunto de causas históricas contribuyeron a este extravío entre izquierda y clase trabajadora, resultado no del azar sino de concepciones y acciones políticas concretas, pero eso sería parte de otro debate.

Frente a la limitación anterior, resulta atractiva entonces la vocación de sincretismo y ante ello qué podemos decir de las conjunciones literarias y musicales que se proponen en dicho artículo. Muchas de ellas son de simpatía de quien escribe, otras no por el momento, pero todas perfectamente válidas para quien entienda la expresión artística y cultural como una de las actividades más placenteras del ser humano.

En cambio, cuando el mismo ejercicio mixturador se aboca al pasar a diversos referentes políticos mencionados en el artículo (Evita, el Che, Montoneros, PRT…), surgen las dudas de si ése no es un ejercicio de imposible síntesis. Si el intento sólo se limita al plano de lo simbólico tal vez -sólo tal vez- sea factible; si en cambio la recuperación se extiende a las sustancias políticas de las referencias, deberíamos preguntarnos: ¿qué de quién y para qué en cada caso?, ¿para levantar un proyecto de conciliación de clases o para abocamos a una lucha inclaudicable e intransigente contra los explotadores?, ¿para proponer una alianza con una inexistente burguesía nacional o para apostar a la independencia política de la clase trabajadora? y así podría seguirse.

Para lograr conjugar de forma superadora todas las expresiones políticas mencionadas en el texto, sería necesario previamente ser capaz de amalgamarlas en una estrategia revolucionaria consistente, que se sustente en una sólida lectura de las clases sociales en pugna, de las características de la formación social y económica de nuestro país y continente, etc. De lo contrario, el resultado es un eclecticismo rengo, que no termina de superar el cadáver que proclama. 

La fuerza social y política de masas que deberá gestarse en nuestro país para que la revolución socialista algún día pueda ser un proyecto posible, contendrá en su interior, sin duda, importantes sectores del movimiento obrero y popular provenientes de la tradición política del llamado peronismo revolucionario. Quien desconoce esto, le da la espalda a la historia misma de la conformación como tal de la clase obrera en Argentina. El “bloque histórico” a forjar para emprender la enorme tarea que supone la transformación revolucionaria de la sociedad, deberá contener un abanico importante de experiencias e identidades políticas no antagónicas de múltiples fuerzas populares, para condensarlas en un proyecto político unitario, clasista, que se articule en torno a una estrategia revolucionaria de poder. Para ello será imprescindible, al mismo tiempo, una sistemática y fraternal batalla ideológica contra todas aquellas concepciones mistificadoras que puedan obstruir el desarrollo de la clase trabajadora como sujeto político autoconciente de sus intereses históricos. Y en ese camino, dicho sea de paso, desde nuestro punto de vista la constitución de un partido de trabajadores revolucionarios es una tarea ineludible, en tanto herramienta organizativa imprescindible para sistematizar el movimiento vivo –práctico y teórico- de la lucha política de la clase trabajadora.

Valorar y respetar la experiencia histórica de nuestro pueblo, de sus hitos de lucha y también de sus mojones identitarios fundacionales, no puede suponer nunca hacer seguidismo de aquellas nociones que consideramos mortalmente erróneas en el camino de la lucha por la revolución y el socialismo. Pero volvamos al Che, que con su accionar revolucionario y su pensamiento ha aportado mucho a estos debates.   

 

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IV – Qué nos aporta el Che

Este artículo no pretende agotar un balance político de la figura del Che, sólo exponer las que consideramos como principales aportes de su práctica revolucionaria. Batallar teóricamente, con espíritu crítico, contra aquellos que quieren convertir al Che en un significante vacío –los señalados en los dos primeros apartados de este artículo-, es una tarea indispensable para actualizar una alternativa revolucionaria en nuestros días.

A nuestro entender, el guevarismo emerge en América Latina como el intento más consecuente por brindar una respuesta revolucionaria superadora del reformismo de los Partidos Comunistas stalinizados, devenidos en agentes diplomáticos de Moscú en aquellos años de guerra fría y coexistencia pacífica.  Bajo el influjo de la Revolución Cubana, el Che protagoniza e inspira los intentos más radicales por dar una respuesta integral y no espontánea, con vocación de poder, al problema de la revolución en una coyuntura crucial de la lucha de clases a nivel mundial.

Consideramos que estos ensayos de superación fueron primordialmente de carácter práctico, si bien el Che también produjo en cortísimo y vertiginoso tiempo una producción teórica nada desdeñable. Por la vía de la práctica el Che rompe con la ortodoxia estalinista y su concepción etapista de la revolución, carne y uña de la nefasta teoría del “socialismo en un solo país” pergeñada por la burocracia stalinista. Con su praxis revolucionaria, el guevarismo postula una estrategia continental, pone sobre la mesa el problema real del poder, de cuáles son los resortes en que se sostiene el régimen burgués y de la imposibilidad del tránsito pacífico al socialismo. Y en función de esto, qué características debe tener la fuerza revolucionaria que pretenda vencer en la batalla por el socialismo.

Esta irrupción, en nuestro país se refleja en una superación de las limitaciones de las corrientes de izquierda de la época –stalinistas y no-, que carecían de una verdadera estrategia poder, en virtud de su reformismo, pacifismo y/o espontaneísmo según el caso. Con el Che, el problema político-militar de la revolución, en esa coyuntura definitoria, se pone en el tapete como un factor que ya no puede ser soslayado en la lucha revolucionaria. En Argentina, el crecimiento del PRT-ERP, que en poco más de 5 años aventajó notablemente al resto de las organizaciones de la izquierda tradicional, es seguramente la mayor expresión de esto, aunque no la única.

Dentro de esta valoración general del guevarismo, consideramos que los aportes más destacados de la práctica política revolucionaria de Ernesto Guevara son los siguientes:

En primer lugar, su condición de luchador inclaudicable por el socialismo, concebido éste como el único horizonte político posible al que deben aspirar las fuerzas revolucionarias en la batalla a muerte contra el imperialismo: “En América Latina se lucha con las armas en la mano en Guatemala, Colombia, Venezuela y Bolivia y despuntan ya los primeros brotes en Brasil. Hay otros focos de resistencia que aparecen y se extinguen. Pero casi todos los países de este continente están maduros para una lucha de tipo tal, que para resultar triunfante, no puede conformarse con menos que la instauración de un gobierno de corte socialista”. Esta unidad inescindible de la pelea antiimperialista con la batalla por el socialismo, el Che la sintetizará con su famosa consigna: “No hay más cambios que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución” (Mensaje a la Tricontinental, 1967). Asociar la figura del Che a proyectos políticos de capitalismo “nacional” -o de sus actuales variantes “andinas”-, es romper con lo fundamental de su legado.

A su vez, esta definición por el carácter socialista de la revolución, en una dinámica permanentista, se sostenía en la valoración de Guevara sobre el rol de las burguesías autóctonas de nuestro continente, las que “han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo –si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola” (Ídem anterior) Seis años antes, el Che ya había señalado: “Las burguesías nacionales no son capaces, por lo general, de mantener una actitud consecuente de lucha contra el imperialismo. Demuestra que temen más a la revolución popular, que a los sufrimientos bajo la opresión y el dominio despótico del imperialismo que aplasta a la nacionalidad, afrenta el sentimiento de patriótico y coloniza la economía. La gran burguesía se enfrenta abiertamente a la revolución y no vacila en aliarse al imperialismo y el latifundismo para combatir al pueblo y cerrarle el camino a la Revolución. (“Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?”, 1961)

En tercer lugar, destacamos la vocación internacionalista de Guevara, plasmada en práctica concreta, para lo cual alcanzaría simplemente con conocer su trayectoria revolucionaria. Sin embargo, no está de más incluir nuevamente un fragmento de su Mensaje a la Tricontinental para conocer un poco más de las ideas que alentaban esa vocación: “Y que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario; con ejércitos proletarios internacionales, donde la bandera bajo la que se lucha sea la causa sagrada de la redención de la humanidad (…) Cada gota de sangre derramada en un territorio bajo cuya bandera no se ha nacido, es experiencia que recoge quien sobrevive para aplicarla luego en lucha por la liberación de su lugar de origen. Y cada pueblo que se libere, es una fase de la batalla por la liberación del propio pueblo que se ha ganado”.

Por último, realzamos la confianza ilimitada del Che en la potencialidad de la acción humana en la transformación revolucionaria y la construcción del socialismo. En este marco, el énfasis que pone Guevara en la necesidad de construir mujeres y hombres nuevos, es tanto una apelación de carácter ético como material. Es célebre el pasaje de su folleto “El socialismo y el hombre en Cuba” (1965), en el cual el Che señala: “Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adaptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. Y para ello postulaba, como es ampliamente conocido, la necesidad de los estímulos morales en polémica con la burocracia soviética: “De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Este instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social. Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela”.

En cambio, y a modo de crítica, no nos convence de la estrategia guevarista su lectura –motivada por factores de índole militar fundamentalmente- sobre la centralidad del campo en la lucha revolucionaria continental, y que encontraba sus raíces materiales en las brutales condiciones de vida y de explotación del campesinado –en gran parte indígena- en América Latina. En esta óptica adquiere su lógica la propuesta de foco insurreccional del Che, que no compartimos, caricaturizada al extremo de lo burdo por el mercenario de la socialdemocracia francesa Regys Debray.

El sistema capitalista es de carácter mundial y la centralidad de la clase obrera en el proceso revolucionario no surge de factores de tipo metafísico sino por el lugar material que ocupa en el sistema productivo, allí radica la potencialidad de su papel revolucionario. América Latina es un subconjunto desigual y combinado de formaciones sociales y económicas nacionales, donde además juega un rol destacado el factor étnico con poblaciones mayoritariamente indígenas --sobre todo en los países andinos-, expoliadas y humilladas por siglos, primero por el colonialismo español y luego por las burguesías criollas. Las particularidades de la revolución continental latinoamericana se asientan en este complejísimo entramado de factores económicos, sociales y culturales.

El Che no desconocía la hegemonía de la ciudad respecto del campo en el marco del sistema capitalista, por eso citaba en su “Guerra de Guerrillas: un método” (1963), un pasaje de la Segunda Declaración de La Habana en el que se afirma: “Pero el campesino es una clase que, por el estado de incultura en que lo mantienen y el aislamiento en que vive, necesita la dirección revolucionaria y política de la clase obrera y los intelectuales revolucionarios, sin la cual no podría por sí sola lanzarse a la lucha y conquistar la victoria”. Sin embargo, creemos que no alcanza con esta “corrección” que ubica la centralidad de la clase obrera básicamente en el plano de la dirección ideológica. Desde nuestro punto de vista -y en consonancia con la sentencia del Manifiesto Comunista acerca de que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”-, sin la participación activa y consciente de la clase trabajadora constituida como sujeto político, hegemonizando una férrea alianza con el conjunto de los explotados, no hay posibilidades de emprender exitosamente el camino de la revolución socialista. Esto no supone desconocer la vital importancia que tienen para la lucha revolucionaria en nuestro continente los movimientos campesinos, sino que busca comprender lo más claramente posible las potencialidades de cada actor social, precisamente para identificar con la mayor precisión qué clase social es la que puede ofrecer una salida política de emancipación al conjunto de los explotados y oprimidos.

V- Un destino común

Por múltiples factores, los pueblos de América Latina tenemos marcado un mismo camino de lucha: “Lengua, costumbres, religión, amo común, los unen. El grado y las formas de explotación son similares en sus efectos para explotadores y explotados de una buena parte de los países de nuestra América. Y la rebelión está madurando aceleradamente en ella”, explicó el Che en su Mensaje a la Tricontinental. Sin duda, esa rebelión que sigue latente llegará más tarde o más temprano. Y sobre ella, el ejemplo y el legado político del Che tienen mucho para decirnos.

 

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1. “El Estado y la Revolución”, V.I.Lenin, Editorial Planeta, 1993.
2. Citado en “Cooke: de Perón al Che”, de Norberto Galasso, Homo Sapiens Ediciones, pág. 212, año 1997.

 

 
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